en la piel de un enfermo de sida en el parís de los 90

A pesar de sumar 31 años, lo cierto es que Nahuel Pérez Biscayart parece mucho más joven que lo que cualquier documento oficial pueda indicar. Y eso que cuando lo conocí llevaba cerca de ocho horas sin parar de promocionar con diferentes medios su película más mediática hasta la fecha: 120 Pulsaciones por Minuto, de Robin Campillo.

Muy menudo y con unos ojos que escrutan sin piedad al entrevistador, el actor argentino cuenta con pasión todo lo que uno quiera saber sobre la película que se llevó el Gran Premio del Jurado del Festival Cannes hace casi un año. No se llevó el premio a Mejor actor para Nahuel porque las normas del festival son estrictas y no permiten otorgar dos galardones a una misma película.

120 pulsaciones por minuto cuenta dos historias en paralelo. Por un lado, descubre para muchos lo que supuso la explosión del sida en Francia a principios de los 90 y lo que supuso también una organización como ACT UP, que levantaba la voz para que se parar una de las epidemias más terribles de la Historia reciente de este país. Por el otro, cuenta una historia de amor entre dos de los militantes de la organización.

La película es dura, durísima, pero resulta en un ejercicio necesario ahora que parece que la sociedad ha asimilado como normal los continuos contagios de VIH entre la población hetero u homosexual, entre los trabajadores sexuales y entre los consumidores de drogas administrada por vía parenteral. Tanto se ha asimilado que 120 Pulsaciones por minuto nos hace pensar en la última campaña institucional que vimos advirtiendo de los riesgos de tener relaciones sexuales precisamente de eso, de riesgo.

Sin complejos, la película también nos muestra lo que es la lucha. Una lucha lejos de las pantallas del ordenador; una que requería salir a la calle, gritar fuerte e incluso llegar a acciones que hoy no pasarían de ser carne de artículo viral en medios sin demasiada trascendencia. La lucha que consiguió, por otro lado, que las empresas farmacéuticas aceleraran la producción de los medicamentos antirretrovirales que tantas vidas han salvado desde 1996.

Hablé con Nahuel acerca de lo que 120 Pulsaciones por minuto ha supuesto para él y para Francia —donde ha sido una de los largometrajes más vistos en 2017— y de la necesidad de seguir luchando en todos los ámbitos de la vida.

¿Cómo te decides a participar en algo tan arriesgado como 120 Pulsaciones?
Me decido porque había un gran guión, con un nivel de delicadeza y de sutileza increíble, con un armado y una construcción muy fuerte —y no me refiero a la construcción clásica de lo que es fuerte sino a su sonoridad—.

Los guiones a veces son nada y, en ocasiones, un gran director no es tan grande escribiendo y no garantiza nada. El guión me dio la pauta de que detrás había alguien muy interesante. Conocí a Robin [Campillo] y me di cuenta de que la película le tocaba de manera muy íntima, pues había sido militante de ACT UP, así como el productor y el coguionista, y que todas las escenas de la película habían sido de una forma u otra vividas por ellos y que te invitaban a hacer un recorrido humano.

Imagen cortesía de Avalon

Es contar una parte de la Historia…
Totalmente. Sin que eso implique una responsabilidad o un peso histórico. Cuando yo actúo, intento no fijarme en esas cosas para poder estar presente en el momento y encarnar personajes que en mi cabeza no están muertos ni nada; en mi cabeza son gente presente. Cuando empieza el proceso de casting y nos conocemos todos, me di cuenta de que Robin buscaba darnos mucha información, no solo de forma cuantitativa, sino en el aspecto emocional para que nosotros pudiéramos ver qué hacer con eso.

¿Cómo se enfrenta un actor a una transformación física como la de tu personaje, Sean?
Fue en dos meses y fue una locura.

¿Más dura en el plano físico o en el psicológico?
No, no, va todo asociado y es una locura. Cuando uno encara una transformación física, la psique se ve también afectada. El intestino produce tantas hormonas como el cerebro y está todo completamente unido. Me hubiera gustado tener un poco más de tiempo para que la progresión física no fuera tan repentina y tan urgente.

Yo no tuve los seis meses que tuvo, por ejemplo, Matthew McConaughey en Dallas Buyers Club. Perdí siete kilos en veinte días, lo que es casi imposible, por lo que me despertaba con hipoglucemia por el suelo. Son cosas que uno hace, duran poco tiempo y es “ahora o nunca”. Con la distancia lo cuento, pero no fue agradable. Pero sí ayudó a la ficción, pues yo me encontraba triste, cansado o poco sociable y eso se trasladaba al personaje.

Imagen cortesía de Avalon

¿Llegar a conocer a gente que casi se dejó la vida luchando por lo que consideraban justo ha cambiado tu forma de pelear?
No sé si de manera inmediata y concreta porque todavía seguimos metidos en esta bola de viajes y no estoy en ninguna ciudad, aunque mi compromiso está y, cuando puedo, acompaño. No sé si me implicaría más que antes, pues vengo de Argentina y de una familia muy comprometida con las causas. En Argentina, en general, si eres sensible, has ido a todas las marchas como fue la del 24 de marzo en contra de la dictadura del 76. También salimos en 2001 y ahora también con todos los ajustes de Macri.

¿Sean te ha enseñado algo?

En la película dice una frase que se podría traducir como “O estamos vivos o estamos muertos”, y viene a decir que no tenemos mucho lugar para el ‘sí pero no’, para el ‘bueno’. O sí o no; o hago esto o no lo hago. Uno se opone o no claramente a las cosas, no hay puntos intermedios.

También que no hay que perder la autocrítica como había en ACT UP. Era un grupo muy novato que no sabía hacer política, pero tenía muchas ganas de aprender. A través de su gestión del contacto con el otro también encontraban una voz mucho más representativa del conjunto que del individuo en sí.

Imagen cortesía de Avalon

Tal y como están las cosas para las personas infectadas por VIH, ¿sería necesaria otra revolución?
Creo que todas las personas que están en un estado de injusticia y de desigualdad solo tienen como única manera para salir de ella: la lucha, no hay otra. Ningún progreso ni conquista de derechos se consiguió desde el salón de casa. Todas se han cobrado la vida de algunos, el tiempo de otros, para que las personas puedan vivir lo que viven. La injusticia reina todavía en el mundo, no es un mundo justo. Está bueno cuando el primer paso lo da quien sufre la injusticia y el conjunto puede, a continuación, ir asociándose a ello.

¿Es importante para ti que un papel remueva conciencias?
Es bueno cuando ocurre, me parece, pero no me parece el motor único de mi trabajo. Uno puede hacer películas aparentemente menos profundas, pero que también pueden llegar a un público. Hay películas que solo buscan entretener y son más del orden de la estética y de la forma, y pueden reportar otro tipo de placeres y otro tipo de pensamientos. Lo político es mucho más amplio de lo que uno piensa y no solo se encuentra en películas que hablen de política.


Fuente: ID

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