El Mediterráneo: el derrotero marítimo más mortífero para refugiados y migrantes

(AFP)
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Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), 100 mil solicitantes de asilo y migrantes han alcanzado Europa en lo que va de año, lo que representa una vuelta a los niveles anteriores al 2014. No obstante, la cifra de dos mil ahogados revela que la reiteración de muertes, particularmente en el Mediterráneo central, ha aumentado ampliamente. En septiembre último murió una de cada ocho personas que lo atravesaban, en gran parte debido a la importante reducción en la búsqueda y rescate, producto de los diversos acuerdos.

Toda esta tragedia humana se profundizó desde el año 2011, porque es en ese momento en que se abre una enorme franja territorial, que corresponde al actual territorio de Libia, un país que prácticamente ha quedado fuera de control y no dispone de capacidad para contener y orientar los flujos migratorios.

Ese proceso se inició hace ocho años con una revolución que ha significado el regreso de Libia a su período colonial. Esa insurrección finalizó con un Estado desmoronado, política y territorialmente atomizado, violento, sin justicia, en el que cada día que pasa parece estar más desviado en la posibilidad de lograr una recuperación como Estado. El país es hoy el escenario de una de las más graves crisis migratorias de la historia; sus cárceles son el escenario de injusticias y torturas a los inmigrantes subsaharianos, llegados desde el Sahel. Allí miles de pequeños grupos armados, criminales comunes a yihadistas, pugnan por porciones de tierra y los recursos de los hidrocarburos.

La criminalidad alcanzó niveles históricos en estos años. Los insurgentes de ese momento abandonaron sin resistencia sus posiciones tras derrotar al régimen de Muamar Gadafi, al observar la violencia sin rumbo que estaba adquiriendo la misma sublevación, y fueron sustituidos por nuevos comandantes y líderes más interesados en el avance sobre los territorios, el poder económico de la riqueza petrolera y los acuerdos con las compañías multinacionales de hidrocarburos.

Por esto, Libia se convirtió en un escenario político enredadísimo con diversos ejes de poder identificables. Uno de ellos, el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), en Trípoli y dirigido por Fayez al Sarraj. Este cabeza gubernamental nace dando origen al Acuerdo Político Libio (LPA) mediado por Naciones Unidas. Otro centro de poder que ha entrado en caída en los últimos años es el llamado Gobierno de Salvación Nacional de Jalifa Ghwell, que descansa en la autoridad por una disidencia del Congreso Nacional General (GNC). Este gobierno también tenía su sede en Trípoli. En octubre de 2016, Ghwell intentó ratificar y afirmarse pero no tuvo éxito. Sus fuerzas fueron desalojadas de Trípoli.

Mientras reinan el caos territorial y la divergencia, el FMI realiza estimaciones de que, en la trayectoria actual, Libia extinguirá sus recursos y finanzas para 2019. Porque las exportaciones de hidrocarburos, que representan más del 70% del PIB y el 95% de las exportaciones totales, han caído en una picada alarmante. En este panorama, el futuro parece más ligado y relacionado con las perspectivas de despegue de la industria, en un país que posee la mayor cantidad de reservas probadas de petróleo crudo del planeta, alrededor de 48.400 millones de barriles. De esta manera, los problemas señalados anteriormente están llegando, como una tromba, a diferentes partes de Europa, agregándosele la explosiva conflictividad de los distintos movimientos de grupos mercenarios y de armas al sur del país, sin control, con el consiguiente fomento de los distintos grupos yihadistas que operan la zona.

Todas estas contrariedades estructurales de la región han sumado y aturdido aún más el avispero en el que se ha convertido el Sahel, la región que representa el llamado "cinturón del hambre" africano. Allí, los conflictos tribales, pobreza, delincuencia organizada y terrorismo cohabitan en esta franja, con forma de medialuna, de cinco mil kilómetros que atraviesa el continente, desde el Atlántico, en el oeste, al Mar Rojo, en el este, y es la zona donde se convierte el desierto del Sáhara y la sabana africana. Así, todos los esfuerzos de los países se han centrado en evitar que la zona, y prioritariamente Malí, se convierta en una verdadera "Meca" terrorista. Pero toda la estrategia y táctica, debida además a la gran extensión de terreno y su complicada geografía, ha sido deficiente y exigua.

Estamos ante la presencia de Estados muy endebles que surgieron de procesos coloniales, cuyas fronteras no coinciden con los asentamientos, los campamentos y el origen de las poblaciones que se asientan dentro de esos Estados. En esta misma franja las poblaciones se mueven a caballo entre los diversos Estados, como, por ejemplo, los Tuareg, que objetan la existencia de fronteras entre estos. Muchos de estos Estados tienen conflictos internos, como Malí, y la situación se agrava por el terrorismo internacional y el crimen organizado, ya que en la zona convergen rutas de tráfico ilegal de todo tipo, desde drogas, personas y armas, camufladas entre fronteras permeables y áreas en las que la presencia estatal es ilusoria. Por si todo esto fuera poco, el cambio climático está modificando la región, y superficies que antes eran productivas, como el área del lago Chad, están en proceso de desertificación. Por eso allí el yihadismo islamista encontró el caldo de cultivo y se mueve de una manera muy cómoda por toda la región, sin control. Al Qaeda está en la zona, principalmente en Argelia, Níger, Malí y Mauritania. Otro grupo como Boko Haram lleva también varios años operando en zonas de Níger, Nigeria, Chad y Camerún, lo mismo sucede con Al Shabaab, en la franja oriental, especialmente en Somalia. Los movimientos de estos grupos tienen extrema gravedad y generan un aumento de la tensión y el temor.

Históricamente el Sahel estaba aislado y alejado de Europa, por una serie de países, de la costa sur del Mar Mediterráneo, que tenían una situación política estable y gobiernos fuertes, circunstancia que se ha ido modificando en la última década. A modo de ejemplo, Malí es un país inestable y crítico, es el más frágil de todos, con un norte que ha sido fundamentalmente árabe y tuareg, y un sur que ha sido poblado por grupos negros y animistas. Hoy es un país muy dividido, con fronteras que son producto de la descolonización. Es allí donde opera Naciones Unidas, a través de su Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas (Minusma), establecida para dar apoyo en la pacificación del país, tras una serie de rebeliones de carácter islamista y un golpe de Estado en 2012. Estas amenazas e intimidaciones permanentes han llevado a una escalada en la presencia militar en la zona, fundamentalmente estadounidense, aunque también hay tropas de otros países. Así, desde hace varios años en el Sahel hay varias operaciones y misiones, dependientes de distintas organizaciones y países. Por eso resulta fundamental ubicar en el contexto el acuerdo de Italia con Libia para frenar el paso de inmigrantes irregulares desde la costa hacia Europa a través del Mediterráneo central.

El documento, que ha sido refrendado durante el año pasado, entre Italia y el Gobierno libio ha sido cuestionado internacionalmente y promovido por el primer ministro Fayez Sarraj. Este convenio promovió medidas para "luchar contra la inmigración ilegal y el tráfico de seres humanos". Esta propuesta se llevó a cabo a pesar de que la actual Guardia Costera de Libia, a la que la misma Italia y la Unión Europea han concedido instrucción patrullera y uniformes, comenzó a formarse en 2017 y en su matriz se repiten viejos traficantes de personas reconvertidos, como Ahmad Dabasshi y Salem Milad Aka.

Recientemente se dieron a conocer los primeros resultados, ya que la llegada de migrantes a Italia se redujo este año un 80% si se lo compara con el 2017, en gran parte por acuerdos del Gobierno italiano precedentes con funcionarios libios. Salvini asumió prometiendo controles más estrictos a la migración y continúa promoviendo centros de detención en el desierto libio. En una de sus primeras medidas evitó que barcos de refugiados llegaran a los puertos italianos, ejerciendo presión sobre el resto de los países, generando el repudio generalizado.

Uno de los máximos pensadores contemporáneos, Zygmunt Bauman, en su último libro, publicado antes de su muerte, indaga el fenómeno de las migraciones e invita a la reflexión sobre la crisis de los refugiados. Nos advierte que la política de separación, de construcción de muros en lugar de puentes, es un error. Sostiene que esas migraciones han ido cambiando, a lo que en la actualidad se le incrementa la situación en Oriente próximo y medio, la progresiva nómina de Estados "en derrumbe", o de territorios que, a todos los efectos, son ya países sin Estado, y, por lo tanto, también sin ley, marcos de perpetuas guerras intransigentes, tal cual lo venimos señalando con Libia.

En este escenario, todas las medidas diseñadas y propuestas, tanto por los gobiernos europeos como por la ONU, poseen abordaje discriminatorio, que siempre pretende empujar la migración mediante la externalización de las fronteras, la lucha contra las organizaciones criminales que promueven el tráfico, la trata de personas, pero que fundamentalmente apunta a ignorar y desconocer la responsabilidad política e histórica de Europa.

La tragedia a la que asistimos es la demostración de una ausencia de voluntad política y capacidad, en particular de la Unión Europea, para darle solución a esta pavorosa crisis migratoria. ¿Debemos seguir asistiendo, entre la indiferencia y la impotencia, a una tragedia que se profundiza? ¿Hay otras políticas migratorias y de asilo posibles? La mayor crisis humanitaria en Europa desde la Segunda Guerra debe ser inadmisible e inaceptable para todos. La única alternativa para salir de la catástrofe es la solidaridad entre los humanos para poner fin a la expansión del racismo y la xenofobia flagrante.

El autor es director ejecutivo de SOS Discriminación.

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18 agosto, 2018

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