'mi mejor amigo', un bello retrato del despertar sexual adolescente

Argentina fue el primer país de América Latina en reconocer el matrimonio civil entre personas del mismo sexo en el año 2010, un gran avance para la lucha LGTBI. Hoy en día se ha evolucionado mucho en ese aspecto, gracias en parte a proyectos artísticos como Mi mejor amigo, una película dirigida por Martín Deus que cuenta la historia de dos chavales muy diferentes que experimentan una bonita historia de amistad, amor y exploración.

Antes de esto, Martín ha trabajado en el teatro, como productor, escritor y también como profesor en el ámbito audiovisual (en concreto como profesor de guion en la Universidad de Cine de Buenos Aires). Al ver el tráiler de su ópera prima en Internet, nos pusimos en contacto con él para saber un poco más de la realidad del cine LGTBi en Argentina, la de los realizadores jóvenes y la de la cultura en general en un país que nos motiva y nos apasiona.

¿De qué trata Mi mejor amigo?
La película trata sobre un chico de 16 años llamado Lorenzo que vive en una ciudad de la Patagonia con su familia. Todo empieza cuando Caíto, el hijo de un amigo de su padre, comienza a vivir con ellos. Caíto es lo opuesto a él: desordenado, irresponsable, buscando siempre líos. A pesar de los inconvenientes, de la incomodidad de esta intimidad forzosa, el recién llegado viene a traer a la vida del protagonista una cuota de rebeldía que hace tiempo le está haciendo falta para animarse a vivir la vida, para transgredir reglas autoimpuestas.

Mi Mejor Amigo es una película de amistad, de dos personas que no tienen mucho que ver, que no están en la misma onda ni tienen el mismo tipo de problemas, pero que conectan y se enganchan, que van compartiendo tiempo juntos, se cuentan secretos y viven cosas de esas que quizás no tienen nada de espectacular pero que te marcan para toda la vida.

Es también una historia de amor, a una edad en la que uno todavía no le terminó de poner nombre a las cosas y los nombres que hay disponibles no parecen suficientes. Por último, es una historia que retrata el momento previo al coming out [salir del armario]. La confusión, las preguntas tormentosas: ¿me gustan las chicas? Y, en caso de que me gustaran los chicos, ¿cómo sería? ¿Cómo va a ser mi vida? Sabemos que puede ser duro salir del armario, pero mucho más duro es mirarse en el espejo que está dentro.

¿Cómo afronta uno el estreno de su ópera prima?
Con mucha ansiedad, con mucha expectativa y con un poco de miedo. La creación es una droga: cuando filmas, no te importa el frío, no sientes cansancio, no te molesta estar lejos de tu casa. Provoca una sensación de gozo inigualable. Cualquiera que haya escrito media carilla de un cuento o hecho un dibujo en una hojita sabe de lo que estoy hablando. Por eso hay tanta gente haciendo arte a pesar de que no es rentable.

Pues bien, para alguien que se dedica al cine, hacer una película es como tocar el cielo con las manos.Y por más que yo quiera ser realista, no puedo evitar soñar con que tal vez lo que yo hago le guste a la gente y me pueda dedicar a esto a tiempo completo y vivir de esto hasta que me muera. Por eso siento el estreno como una gran prueba. Me siento como un adolescente que sale por primera vez a bailar y se va a enterar de si es guapo o no, si va a despertar miradas o va a ser uno más del montón.

¿Qué es lo peor de la adolescencia?
Qué loco que se llame así, ¿no? Adolescencia. A mí me encanta la palabra teen, me parece mucho menos dramática. Pero por algo se llama así. Creo que es una edad fascinante, tremenda. A mí recordar la mía me obsesiona hasta el día de hoy, y vuelvo a ella recurrentemente para escribir y filmar cosas como Mi Mejor Amigo.

En mi caso, siento que lo peor fue sentir que no encajaba en ningún lado. La falta de referentes. Tuve muchos amigos pero no encontré mi tribu. Escuchaba música rara y fantaseaba con la bohemia de los cuentos de Cortázar, que había vivido su juventud cincuenta años atrás. Y, quizás por haber sido un adolescente de los 90 en una ciudad no tan grande, viví una realidad en la que no había gais. La homosexualidad no era ni mala ni buena: no era, no existía.

Fui a un colegio que tenía literalmente miles de alumnos y no había ninguno gay. O, mejor dicho, los había pero no eran visibles. Y yo tampoco. Cuando me da por lamentarme, pienso que todo hubiera sido más fácil si internet y las redes sociales se hubieran inventado apenas unos años antes. Aún así, sé que la adolescencia sigue siendo dura para millennials y posteriores, que la tecnología nunca va a poder ir más rápido que nuestra capacidad de inventarnos problemas, de ser nuestro peor enemigo.

¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de sacar la película adelante?
Conseguir financiación me llevó dos años. Luego hubo cuestiones técnicas de cierta complejidad. Por ejemplo, tener que filmar interiores en Buenos Aires y exteriores en un lugar muy bello pero que queda a más de dos mil kilómetros y que tiene condiciones climáticas especiales. Pero bueno, si bien es el primer largometraje que hago, ya tengo mis años realizando cortos, comerciales, videoclips… De modo que nunca sentí que la realización pudiera ser un problema que me llegara a superar.

Lo que siempre he vivido como un reto, y quizás por eso me demoré tanto en hacer mi primera película, es llevar de la mano sin que se suelte y mantener atento al espectador por más de una hora de historia. Para mí ese es el gran desafío. Una película no es lo mismo que muchos cortos juntos. Hay un punto de la narración en el que uno no puede hacer lo que quiera, no puede seguir sumando personajes y abriendo puertas porque sí. Uno tiene que terminar la historia que empezó a contar. Y ese final tiene que ser gratificante, concluyente. Eso, aunque suene una perogrullada, es algo bastante complejo de hacer.

¿Resulta sencillo abrir camino para una película que toca la temática LGTBi en Argentina?
Argentina ha vivido un proceso increíble de cambio de valores con respecto a la diversidad sexual. Lo que antes era una deshonra, hoy es súper cool. Tener un amigo, un familiar gay, genera un sentimiento de orgullo y satisfacción nunca antes visto. Es algo que está pasando en varios lugares de Occidente y también en Latinoamérica, pero el caso nuestro yo creo que es especial porque pasó a una velocidad impactante. Fue como una explosión de aceptación y ya casi estamos entrando en la fase de la indiferencia.

Mal que nos pese a los gays, ya casi no somos un tema. Todavía quedan lugares en el interior del país o clases sociales en las que el cambio se demora, siempre van a existir sectores más religiosos que se resistan. Pero es una cuestión de tiempo. Ya está. Ya ganamos. En los colegios ya hay parejitas de gais y de lesbianas andando de la mano por los pasillos. En la tele hay mujeres famosas que la gente ya se olvidó de que no nacieron mujeres. Hoy en día ser homofóbico en Buenos Aires es tan políticamente incorrecto como usar un tapado de piel.

En el caso del cine, hay muchísimas películas argentinas de temática LGBTIQ, y hay un público para ellas también. Me alegra ver que, hoy en día, esas películas exploran más allá del arquetipo narrativo excluyente que supo tener el género: el de los amores prohibidos, el de los raros versus sus familias y la sociedad.

La gente parece muy excitada en redes sociales ante el estreno, ¿todavía hay tabúes que derribar en Argentina?
No tengo una visión objetiva del asunto, yo estoy tan excitado como todos, porque es conmovedor descubrir que hay gente que está esperando con ansiedad ver la película. De todas maneras, siempre hay tabúes por derribar. Y deudas que cumplir con un público que viene esperando hace tiempo ciertas historias que hablen de ellos.

¿Cuáles son tus referentes dentro del cine?
Tengo que admitir que me dediqué al cine un poco por casualidad, sin saber muy bien de qué se trataba y sin ser un gran cinéfilo. En mi ciudad natal había apenas dos o tres cines que pasaban películas comerciales y después estaban los videoclubes, con un poco más de variedad pero tampoco tanta. En casa no había cable.

Para ser sincero, son escritores y no directores los artistas que más han dejado huella en mi vida. Hay novelas que fueron cachetazos de los que todavía no me repongo. Tengo mi lista de directores favoritos: Lars Von Trier, Almodóvar, Gus Van Sant, Scorsese, pero no sé hasta qué punto han sido un referente. No creo haber inventado nada, pero trato siempre de encontrar mi propia voz y ser fiel a ella, de hacer el tipo de cine que me guste a mí.

Créditos


Imágenes cortesía de Martín Deus


Fuente: ID

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